viernes, 7 de febrero de 2014

Rescoldos



Cuando algo arde con verdadera intensidad, las llamas son casi un efecto secundario. Son bonitas, son brillantes, son, como su propio nombre indica, llamativas, pero es algo accesorio. La llama, de por sí, suele ser pasajera e inútil, sólo tenemos que prender un trozo de papel para poder verla brillar sin calor, y apagarse en cuanto ha agotado en un breve instante todo lo que ese combustible insustancial tenía para ofrecer.

El corazón del fuego, el auténtico calor, está en las brasas. Cuesta que aparezcan, porque es necesaria buena madera y darle tiempo para que el fuego coja fuerza y se alimente en lugar de agotarse. Pero una vez tenemos una brasa ardiendo al rojo, basta un leve soplo de aire y una nueva llama brotará y bailará, para apagarse de nuevo, esperando otro aliento para volver a aparecer. Puede que ni siquiera las veamos brillar, y que el tronco se consuma despacio, desmoronándose en cientos de ardientes pedazos que caldean todo el ambiente a su alrededor mientras el fuego alcanza el centro de cada uno de ellos, dejando el exterior cubierto de una gruesa capa de ceniza que oculta a la vez que protege la combustión. Y cuando ya no nos queda leña que quemar, echamos un vistazo a esa montaña grisácea y afirmamos convencidos que el fuego se ha apagado.

Pero si por un momento decidiéramos desconfiar de nuestros ojos y acercar la mano a las cenizas, el calor nos haría percatarnos de que nos precipitamos en nuestra afirmación. Y un nuevo soplo de aire nos permitiría ver el ardiente rescoldo resguardado bajo ellas, que sigue siendo capaz, si lo alimentamos, de prender una nueva hoguera, tan grande y tan caliente como queramos.

Lo que ocurre es que uno no siempre tiene combustible para mantener la llama, ni aliento para encenderla. A veces el aire es frío y denso, y la madera disponible está húmeda y enfangada. A veces tenemos que atravesar el Pantano de la Tristeza, con pasos lentos y pesados, y si lográsemos encontrar un sendero, tampoco tendríamos tiempo ni seguridad para acampar. Pero incluso en esos momentos, al menos podemos mantener vivos los rescoldos. Con pequeñas acciones y algo de cuidado, esa diminuta lumbre que arde en el interior de la ceniza puede seguir caldeándonos el corazón durante nuestra travesía.

Así, cuando llegue el momento, sobre esa minúscula brasa que mantuvimos encendida podremos apilar nueva leña, y hacer saltar la chispa que prenda una vez más nuestro fuego, ése que, en el fondo, nunca nos abandonó.
Y aprender, entonces, lo que realmente significa renacer de las cenizas.

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