Todo tiene su tiempo, y toda voluntad debajo del cielo tiene su hora. Tiempo de nacer, y tiempo de morir; tiempo de plantar, y tiempo de arrancar lo plantado; tiempo de matar, y tiempo de curar; tiempo de destruir, y tiempo de edificar; tiempo de llorar, y tiempo de reir; tiempo de endechar, y tiempo de bailar; tiempo de esparcir piedras, y tiempo de juntar piedras; tiempo de abrazar, y tiempo de abstenerse de abrazar; tiempo de buscar, y tiempo de perder; tiempo de guardar, y tiempo de desechar; tiempo de romper, y tiempo de coser; tiempo de callar, y tiempo de hablar; tiempo de amar, y tiempo de aborrecer; tiempo de guerra, y tiempo de paz.
La Biblia, Eclesiatés, 3:1
El mundo se mueve según mareas y corrientes. Cada cosa tiene su lugar y su tiempo, y a veces, cuando intentamos ir en contra de ese ciclo, el esfuerzo extra que nos cuesta ir cuesta arriba y enfrentarnos a la corriente, nos desanima con rapidez. Es cierto que es más fácil dejarse llevar y fluir con ella, y que cuando estamos en el sitio en el que tenemos que estar, a menudo las cosas nos empujan en la dirección correcta y todo brota y avanza de forma natural, a veces incluso más rápido de lo que desearíamos.
Pero llegar a ese espacio en el que funcionamos y fluimos, y permanecer en él a pesar de los bandazos que da la vida, es de todo menos fácil. A veces requiere un salto de fe, a veces un esfuerzo tenaz, y en no pocas ocasiones, ambas cosas. Y la tentación de postergar las cosas, de esperar el momento perfecto, se apodera de nosotros. Disfrazamos la procrastinación de optimismo, y nos decidimos a esperar que las circunstancias sean las ideales para comenzar aquello que nos proponemos. Y si asomamos tímidamente la cabeza y las cosas no salen exactamente como esperábamos, retrocedemos, asustados y confundidos, y volvemos al agujero, a hibernar, esperando la primavera, o la fase de la luna adecuada, o que se pase el Mercurio retrógrado, o lo que sea, con tal de que no sea ahora, con tal de que no sea ya.
Y entonces aparece algo... algo fuera de tiempo, que nos recuerda que fluir no significa dejarse arrastrar, que nos recuerda que la corriente no es más que el movimiento acompasado de millones de gotas.
Esta amapola floreció el 20 de enero. La primera amapola del año, luciendo, tímida, sus colores bajo la luz de un tibio sol.
La flor fue zarandeada, golpeada, anegada, y, aún intacta, cedió ante los elementos. Pero antes de hacerlo esparció sus semillas. Y me alegró una mañana gris.
Aún no han nacido más amapolas. Aún continúa la lluvia azotando los primeros brotes. Y sé que, cuando vuelva a brillar el sol, será su tiempo, y aparecerán a miles. Pero ninguna será tan hermosa como fue ésta, la efímera, valiente, precursora de la primavera
"Una golondrina no hace verano", dice el refrán. Pero pensemos por un momento en esa golondrina, esas tímidas alas, entumecidas por el frío, que se enfrentan a las corrientes adversas para llegar, antes que ninguna otra, a un sitio donde anidar. Esa pionera que, cuando alzamos los ojos al cielo nos recuerda que, llegue o no el verano, siempre podemos comportarnos como si así fuera. Y quién sabe si así lograremos que su calor entre en nuestras vidas y convirtamos nuestro tiempo en el tiempo oportuno.


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