El concepto de karma está muy mal entendido, y aún peor aplicado.
No pocas veces, se emplea para perpetuar un etiquetado enfermizo, dando por sentado que si te pasa algo malo, es porque lo habrás merecido... no se sabe cuándo, no se sabe cómo, pero por algo será. Puede ser empleado como excusa por la misma persona que lo sufre, que ve en ello una forma de refugiarse del vértigo que le supone arremangarse y cambiar las cosas.
O, ya en el peor de los casos, llega a servir como autojustificación para hacer daño a otros, otorgándonos una autoridad (se pronuncia "superioridad") que no corresponde a nadie tener, la capacidad para decidir quién merece qué.
Es cierto que a veces uno no puede evitar ser testigo de ciertas cosas y esperar... algo. Sentirse mal cuando el mundo nos parece plagado de injusticia, cuando gente a la que hemos visto trabajar, luchar, sufrir... sólo recibe más pruebas que superar, mientras que otros cuyo único mérito es soplar con habilidad brillantes pompas de jabón que no superan el primer roce de realidad, las ven elevarse, coloridas y brillantes, entre los aplausos de todos. Pero eso no se llama karma. Lo que queremos es justicia poética, ésa que aparece en las historias y los relatos, cuando el héroe vence al dragón gracias a la pureza de su alma y el humilde hijo pequeño siempre triunfa donde sus hermanos mayores fracasaron por su arrogancia.
En la vida real, en el mundo en el que nos desenvolvemos todos los días, y no sólo a nivel físico, lo que cuenta es otra cosa. Cuenta lo que hacemos... y lo que pensamos y sentimos, en la medida en que nuestros actos lo reflejan. Cuenta lo que sembramos.
"El sembrador de ortigas no cosechará manzanas", es un proverbio celta que aprendí de Andras Corban-Arthen en una de las más interesantes y provechosas lecciones que he recibido nunca. La vida no es justa, ni tiene por qué serlo, porque no funciona en los términos que nuestra mente, nuestra categorial, racional, simbólica mente está preparada para entender. Pero la vida es consecuente, porque la vida es consecuencia. Aprendes o sucumbes. Lo que no aporta, al menos no debe estorbar, o se quedará por el camino. La planta que no da fruto, no se perpetuará. Y el fruto venenoso se pudrirá en la rama.
La vida y la historia no siguen los patrones que nuestra mente intenta aplicarles, y desbaratarán cualquier intento de imponerles un sentido o un control. No responden a nuestro concepto humano de "justicia". No saben de moralejas, ni de finales felices. Pero tienen sus propias reglas, y si hay algo que se asemeja a lo que conocemos como Destino, es que los seres responden a su naturaleza. Y de la semilla de una especie, no nace otro fruto.
Todos los intentos de ocultación, todas las metáforas, todas las máscaras, todos los trucos, todo el humo y los espejismos, pueden hacer que algo parezca otra cosa, pero no pueden hacer que algo sea otra cosa. Y al final, eso es lo que cuenta. Si queremos cambiar algo, debemos empezar por esa semilla, y cualquier esfuerzo que esté destinado a las ramas, las hojas o las flores, no es más que cosmética.
Es tentador, eso sí, porque es más fácil pintar de rojo las blancas rosas del rosal, que arrancar el arbusto de lo que no deseamos y volver a plantar desde el principio. Pero siempre será inútil.
Y esto, amigos míos, no es karma. Es lógica.
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