Hoy me han recordado que la belleza no está en la vista, en el oído o en el tacto.
La auténtica belleza está en ese sentimiento de maravilla que te sobrecoge cuando contemplas algo que simplemente ES.
En el vértigo abrumador de asomarte a algo tan inmenso que eres consciente de que jamás podrás abarcarlo, pero no te importa, porque el mundo es mejor sabiendo que existe.
Hay muchos tipos de hermosura, en la naturaleza, en todas las artes, y fuera de ellas. Pero si hay una belleza eterna e increada, sin principio ni fin, que pertenece y subyace a la raíz de todas las cosas... a fe mía que está aquí adentro. En un estado tan puro que apenas alcanzo a vislumbrarla y lo que veo ya me estremece hasta el tuétano.
La Belleza
Descorriendo el Cerrojo
miércoles, 21 de mayo de 2014
jueves, 27 de febrero de 2014
Facta, non verba
No soy amiga de las rotundidades y las afirmaciones tajantes, pero hoy voy a hacer una excepción y voy a permitirme una. Un axioma, si se quiere mirar así:
Somos lo que hacemos.
No lo que pensamos que somos, lo que decimos que somos, lo que interpretan otros que somos o lo que queremos convencer a los demás de que somos. Son nuestros actos los que nos definen, no ninguna otra cosa. Porque "ser" es un verbo ambiguo, nebuloso, en el que caben muchas posibilidades que no siempre (a menudo) pasan de eso.
Hay una prueba clásica: haced una lista. Anotad diez frases que empiecen por "Yo soy". Diez sentencias que creáis que os definen como personas. Y después, al lado de cada una, anotad una frase equivalente que contenga un verbo de acción. Por ejemplo: "Yo soy zurda" -- "Yo escribo con la mano izquierda".
Pues bien, cualquier afirmación para la que no podáis encontrar un equivalente, no es cierta. No, no os escandalicéis ni tratéis de justificarla o de excusaros. No. Es. Cierta.
No podéis afirmar, por un poner, "Yo soy escritor" si nunca habéis terminado un relato, o "Yo soy buena persona" si no podéís situar al lado ninguna acción concreta en la que vuestra bondad quede de manifiesto. Toda definición que construyamos de nosotros mismos que no se apoye en actos concretos, simplemente no es real (los pensamientos también son acciones, por cierto, acciones mentales. Una afirmación como "Yo soy muy creativo" puede respaldarse con un "Pienso ideas nuevas y originales todos los días"). Por mucho que teoricemos sobre Aquiles y la tortuga, el movimiento se demuestra andando. Y si resulta que creéis o queréis ser de alguna manera determinada, pero no coincide con lo que queréis hacer... lamento informaros de que entonces lo que queréis no es ser, es sólo aparentar.
La buena noticia es que funciona igual al contrario. No importa las etiquetas que os hayan puesto, los rumores que se puedan contar, o las expectativas que vuestros padres o parejas proyecten sobre vosotros. No eres torpe si practicas una técnica o un arte con habilidad, no eres malo si no le haces mal a nadie, no eres débil si puedes superar un obstáculo y salir reforzado de ello, no eres inútil si haces cosas que sean de utilidad para tí o para otros. Y tampoco te definen las acciones que hiciste en el pasado pero ya no haces, ni las que puntualmente puedes realizar sin que tengan presencia en tu vida. No eres deportista por salir a correr un día al año, ni eres fumador si hace dos años que no enciendes un cigarro. Las personas estamos en constante evolución, y cada día podemos empezar a reinventarnos.
Y eso no significa fantasear con lo que nos gustaría ser, o hacer castillos en el aire sobre las cosas que haremos, o haríamos. Ni mucho menos repetir a los demás lo estupendos y maravillosos que somos, para que su admiración nos legitime. Porque ninguna de esas cosas, a la hora de la verdad, vale nada. Repito: somos lo que hacemos. Y sin embargo, la mayoría de las veces, ni siquiera nos percatamos de qué es lo que estamos haciendo, de qué camino estamos recorriendo, a dónde nos lleva, y en qué nos convierte.
Hagamos un momento el ejercicio contrario. Anotad diez frases que empiecen por "Yo hago" o un verbo activo equivalente. Cosas que sean constantes en vuestra vida, prácticas regulares, actividades cotidianas o rutinarias, o acciones menos habituales pero que llevéis a cabo con cierta asiduidad, os gusten o no. Y después, al lado, traducidlas a la frase equivalente que empiece por "Yo soy".
Eso es lo que sois, hoy por hoy. No lo único que sois, claro, pero parte de ello; la parte, de hecho, que primero os ha venido a la mente. Si el resultado os agrada, me alegro de corazón. Si os irrita, os molesta, os parece desagradable o no se corresponde con lo que siempre habíais querido ser... bien, podéis cambiarlo. Siempre se está a tiempo de cambiar. Pero la forma de hacerlo no es negar que esos actos os definan, sino cambiar esos actos. Elegid una frase, una rutina, una actividad que no os guste, y pensad, no en cómo dejar de hacerla, si no cómo alterarla para que se acerque más a lo que buscáis.
Haced lo que queréis hacer, y seréis lo que queréis ser.
Somos lo que hacemos.
No lo que pensamos que somos, lo que decimos que somos, lo que interpretan otros que somos o lo que queremos convencer a los demás de que somos. Son nuestros actos los que nos definen, no ninguna otra cosa. Porque "ser" es un verbo ambiguo, nebuloso, en el que caben muchas posibilidades que no siempre (a menudo) pasan de eso.
Hay una prueba clásica: haced una lista. Anotad diez frases que empiecen por "Yo soy". Diez sentencias que creáis que os definen como personas. Y después, al lado de cada una, anotad una frase equivalente que contenga un verbo de acción. Por ejemplo: "Yo soy zurda" -- "Yo escribo con la mano izquierda".
Pues bien, cualquier afirmación para la que no podáis encontrar un equivalente, no es cierta. No, no os escandalicéis ni tratéis de justificarla o de excusaros. No. Es. Cierta.
No podéis afirmar, por un poner, "Yo soy escritor" si nunca habéis terminado un relato, o "Yo soy buena persona" si no podéís situar al lado ninguna acción concreta en la que vuestra bondad quede de manifiesto. Toda definición que construyamos de nosotros mismos que no se apoye en actos concretos, simplemente no es real (los pensamientos también son acciones, por cierto, acciones mentales. Una afirmación como "Yo soy muy creativo" puede respaldarse con un "Pienso ideas nuevas y originales todos los días"). Por mucho que teoricemos sobre Aquiles y la tortuga, el movimiento se demuestra andando. Y si resulta que creéis o queréis ser de alguna manera determinada, pero no coincide con lo que queréis hacer... lamento informaros de que entonces lo que queréis no es ser, es sólo aparentar.
La buena noticia es que funciona igual al contrario. No importa las etiquetas que os hayan puesto, los rumores que se puedan contar, o las expectativas que vuestros padres o parejas proyecten sobre vosotros. No eres torpe si practicas una técnica o un arte con habilidad, no eres malo si no le haces mal a nadie, no eres débil si puedes superar un obstáculo y salir reforzado de ello, no eres inútil si haces cosas que sean de utilidad para tí o para otros. Y tampoco te definen las acciones que hiciste en el pasado pero ya no haces, ni las que puntualmente puedes realizar sin que tengan presencia en tu vida. No eres deportista por salir a correr un día al año, ni eres fumador si hace dos años que no enciendes un cigarro. Las personas estamos en constante evolución, y cada día podemos empezar a reinventarnos.
Y eso no significa fantasear con lo que nos gustaría ser, o hacer castillos en el aire sobre las cosas que haremos, o haríamos. Ni mucho menos repetir a los demás lo estupendos y maravillosos que somos, para que su admiración nos legitime. Porque ninguna de esas cosas, a la hora de la verdad, vale nada. Repito: somos lo que hacemos. Y sin embargo, la mayoría de las veces, ni siquiera nos percatamos de qué es lo que estamos haciendo, de qué camino estamos recorriendo, a dónde nos lleva, y en qué nos convierte.
Hagamos un momento el ejercicio contrario. Anotad diez frases que empiecen por "Yo hago" o un verbo activo equivalente. Cosas que sean constantes en vuestra vida, prácticas regulares, actividades cotidianas o rutinarias, o acciones menos habituales pero que llevéis a cabo con cierta asiduidad, os gusten o no. Y después, al lado, traducidlas a la frase equivalente que empiece por "Yo soy".
Eso es lo que sois, hoy por hoy. No lo único que sois, claro, pero parte de ello; la parte, de hecho, que primero os ha venido a la mente. Si el resultado os agrada, me alegro de corazón. Si os irrita, os molesta, os parece desagradable o no se corresponde con lo que siempre habíais querido ser... bien, podéis cambiarlo. Siempre se está a tiempo de cambiar. Pero la forma de hacerlo no es negar que esos actos os definan, sino cambiar esos actos. Elegid una frase, una rutina, una actividad que no os guste, y pensad, no en cómo dejar de hacerla, si no cómo alterarla para que se acerque más a lo que buscáis.
Haced lo que queréis hacer, y seréis lo que queréis ser.
lunes, 17 de febrero de 2014
Contra los elementos
Todo tiene su tiempo, y toda voluntad debajo del cielo tiene su hora. Tiempo de nacer, y tiempo de morir; tiempo de plantar, y tiempo de arrancar lo plantado; tiempo de matar, y tiempo de curar; tiempo de destruir, y tiempo de edificar; tiempo de llorar, y tiempo de reir; tiempo de endechar, y tiempo de bailar; tiempo de esparcir piedras, y tiempo de juntar piedras; tiempo de abrazar, y tiempo de abstenerse de abrazar; tiempo de buscar, y tiempo de perder; tiempo de guardar, y tiempo de desechar; tiempo de romper, y tiempo de coser; tiempo de callar, y tiempo de hablar; tiempo de amar, y tiempo de aborrecer; tiempo de guerra, y tiempo de paz.
La Biblia, Eclesiatés, 3:1
El mundo se mueve según mareas y corrientes. Cada cosa tiene su lugar y su tiempo, y a veces, cuando intentamos ir en contra de ese ciclo, el esfuerzo extra que nos cuesta ir cuesta arriba y enfrentarnos a la corriente, nos desanima con rapidez. Es cierto que es más fácil dejarse llevar y fluir con ella, y que cuando estamos en el sitio en el que tenemos que estar, a menudo las cosas nos empujan en la dirección correcta y todo brota y avanza de forma natural, a veces incluso más rápido de lo que desearíamos.
Pero llegar a ese espacio en el que funcionamos y fluimos, y permanecer en él a pesar de los bandazos que da la vida, es de todo menos fácil. A veces requiere un salto de fe, a veces un esfuerzo tenaz, y en no pocas ocasiones, ambas cosas. Y la tentación de postergar las cosas, de esperar el momento perfecto, se apodera de nosotros. Disfrazamos la procrastinación de optimismo, y nos decidimos a esperar que las circunstancias sean las ideales para comenzar aquello que nos proponemos. Y si asomamos tímidamente la cabeza y las cosas no salen exactamente como esperábamos, retrocedemos, asustados y confundidos, y volvemos al agujero, a hibernar, esperando la primavera, o la fase de la luna adecuada, o que se pase el Mercurio retrógrado, o lo que sea, con tal de que no sea ahora, con tal de que no sea ya.
Y entonces aparece algo... algo fuera de tiempo, que nos recuerda que fluir no significa dejarse arrastrar, que nos recuerda que la corriente no es más que el movimiento acompasado de millones de gotas.
Esta amapola floreció el 20 de enero. La primera amapola del año, luciendo, tímida, sus colores bajo la luz de un tibio sol.
La flor fue zarandeada, golpeada, anegada, y, aún intacta, cedió ante los elementos. Pero antes de hacerlo esparció sus semillas. Y me alegró una mañana gris.
Aún no han nacido más amapolas. Aún continúa la lluvia azotando los primeros brotes. Y sé que, cuando vuelva a brillar el sol, será su tiempo, y aparecerán a miles. Pero ninguna será tan hermosa como fue ésta, la efímera, valiente, precursora de la primavera
"Una golondrina no hace verano", dice el refrán. Pero pensemos por un momento en esa golondrina, esas tímidas alas, entumecidas por el frío, que se enfrentan a las corrientes adversas para llegar, antes que ninguna otra, a un sitio donde anidar. Esa pionera que, cuando alzamos los ojos al cielo nos recuerda que, llegue o no el verano, siempre podemos comportarnos como si así fuera. Y quién sabe si así lograremos que su calor entre en nuestras vidas y convirtamos nuestro tiempo en el tiempo oportuno.
viernes, 7 de febrero de 2014
Rescoldos
Cuando algo arde con verdadera intensidad, las llamas son casi un efecto secundario. Son bonitas, son brillantes, son, como su propio nombre indica, llamativas, pero es algo accesorio. La llama, de por sí, suele ser pasajera e inútil, sólo tenemos que prender un trozo de papel para poder verla brillar sin calor, y apagarse en cuanto ha agotado en un breve instante todo lo que ese combustible insustancial tenía para ofrecer.
El corazón del fuego, el auténtico calor, está en las brasas. Cuesta que aparezcan, porque es necesaria buena madera y darle tiempo para que el fuego coja fuerza y se alimente en lugar de agotarse. Pero una vez tenemos una brasa ardiendo al rojo, basta un leve soplo de aire y una nueva llama brotará y bailará, para apagarse de nuevo, esperando otro aliento para volver a aparecer. Puede que ni siquiera las veamos brillar, y que el tronco se consuma despacio, desmoronándose en cientos de ardientes pedazos que caldean todo el ambiente a su alrededor mientras el fuego alcanza el centro de cada uno de ellos, dejando el exterior cubierto de una gruesa capa de ceniza que oculta a la vez que protege la combustión. Y cuando ya no nos queda leña que quemar, echamos un vistazo a esa montaña grisácea y afirmamos convencidos que el fuego se ha apagado.
Pero si por un momento decidiéramos desconfiar de nuestros ojos y acercar la mano a las cenizas, el calor nos haría percatarnos de que nos precipitamos en nuestra afirmación. Y un nuevo soplo de aire nos permitiría ver el ardiente rescoldo resguardado bajo ellas, que sigue siendo capaz, si lo alimentamos, de prender una nueva hoguera, tan grande y tan caliente como queramos.
Lo que ocurre es que uno no siempre tiene combustible para mantener la llama, ni aliento para encenderla. A veces el aire es frío y denso, y la madera disponible está húmeda y enfangada. A veces tenemos que atravesar el Pantano de la Tristeza, con pasos lentos y pesados, y si lográsemos encontrar un sendero, tampoco tendríamos tiempo ni seguridad para acampar. Pero incluso en esos momentos, al menos podemos mantener vivos los rescoldos. Con pequeñas acciones y algo de cuidado, esa diminuta lumbre que arde en el interior de la ceniza puede seguir caldeándonos el corazón durante nuestra travesía.
Así, cuando llegue el momento, sobre esa minúscula brasa que mantuvimos encendida podremos apilar nueva leña, y hacer saltar la chispa que prenda una vez más nuestro fuego, ése que, en el fondo, nunca nos abandonó.
Y aprender, entonces, lo que realmente significa renacer de las cenizas.
martes, 4 de febrero de 2014
Ortigas y manzanas
El concepto de karma está muy mal entendido, y aún peor aplicado.
No pocas veces, se emplea para perpetuar un etiquetado enfermizo, dando por sentado que si te pasa algo malo, es porque lo habrás merecido... no se sabe cuándo, no se sabe cómo, pero por algo será. Puede ser empleado como excusa por la misma persona que lo sufre, que ve en ello una forma de refugiarse del vértigo que le supone arremangarse y cambiar las cosas.
O, ya en el peor de los casos, llega a servir como autojustificación para hacer daño a otros, otorgándonos una autoridad (se pronuncia "superioridad") que no corresponde a nadie tener, la capacidad para decidir quién merece qué.
Es cierto que a veces uno no puede evitar ser testigo de ciertas cosas y esperar... algo. Sentirse mal cuando el mundo nos parece plagado de injusticia, cuando gente a la que hemos visto trabajar, luchar, sufrir... sólo recibe más pruebas que superar, mientras que otros cuyo único mérito es soplar con habilidad brillantes pompas de jabón que no superan el primer roce de realidad, las ven elevarse, coloridas y brillantes, entre los aplausos de todos. Pero eso no se llama karma. Lo que queremos es justicia poética, ésa que aparece en las historias y los relatos, cuando el héroe vence al dragón gracias a la pureza de su alma y el humilde hijo pequeño siempre triunfa donde sus hermanos mayores fracasaron por su arrogancia.
En la vida real, en el mundo en el que nos desenvolvemos todos los días, y no sólo a nivel físico, lo que cuenta es otra cosa. Cuenta lo que hacemos... y lo que pensamos y sentimos, en la medida en que nuestros actos lo reflejan. Cuenta lo que sembramos.
"El sembrador de ortigas no cosechará manzanas", es un proverbio celta que aprendí de Andras Corban-Arthen en una de las más interesantes y provechosas lecciones que he recibido nunca. La vida no es justa, ni tiene por qué serlo, porque no funciona en los términos que nuestra mente, nuestra categorial, racional, simbólica mente está preparada para entender. Pero la vida es consecuente, porque la vida es consecuencia. Aprendes o sucumbes. Lo que no aporta, al menos no debe estorbar, o se quedará por el camino. La planta que no da fruto, no se perpetuará. Y el fruto venenoso se pudrirá en la rama.
La vida y la historia no siguen los patrones que nuestra mente intenta aplicarles, y desbaratarán cualquier intento de imponerles un sentido o un control. No responden a nuestro concepto humano de "justicia". No saben de moralejas, ni de finales felices. Pero tienen sus propias reglas, y si hay algo que se asemeja a lo que conocemos como Destino, es que los seres responden a su naturaleza. Y de la semilla de una especie, no nace otro fruto.
Todos los intentos de ocultación, todas las metáforas, todas las máscaras, todos los trucos, todo el humo y los espejismos, pueden hacer que algo parezca otra cosa, pero no pueden hacer que algo sea otra cosa. Y al final, eso es lo que cuenta. Si queremos cambiar algo, debemos empezar por esa semilla, y cualquier esfuerzo que esté destinado a las ramas, las hojas o las flores, no es más que cosmética.
Es tentador, eso sí, porque es más fácil pintar de rojo las blancas rosas del rosal, que arrancar el arbusto de lo que no deseamos y volver a plantar desde el principio. Pero siempre será inútil.
Y esto, amigos míos, no es karma. Es lógica.
No pocas veces, se emplea para perpetuar un etiquetado enfermizo, dando por sentado que si te pasa algo malo, es porque lo habrás merecido... no se sabe cuándo, no se sabe cómo, pero por algo será. Puede ser empleado como excusa por la misma persona que lo sufre, que ve en ello una forma de refugiarse del vértigo que le supone arremangarse y cambiar las cosas.
O, ya en el peor de los casos, llega a servir como autojustificación para hacer daño a otros, otorgándonos una autoridad (se pronuncia "superioridad") que no corresponde a nadie tener, la capacidad para decidir quién merece qué.
Es cierto que a veces uno no puede evitar ser testigo de ciertas cosas y esperar... algo. Sentirse mal cuando el mundo nos parece plagado de injusticia, cuando gente a la que hemos visto trabajar, luchar, sufrir... sólo recibe más pruebas que superar, mientras que otros cuyo único mérito es soplar con habilidad brillantes pompas de jabón que no superan el primer roce de realidad, las ven elevarse, coloridas y brillantes, entre los aplausos de todos. Pero eso no se llama karma. Lo que queremos es justicia poética, ésa que aparece en las historias y los relatos, cuando el héroe vence al dragón gracias a la pureza de su alma y el humilde hijo pequeño siempre triunfa donde sus hermanos mayores fracasaron por su arrogancia.
En la vida real, en el mundo en el que nos desenvolvemos todos los días, y no sólo a nivel físico, lo que cuenta es otra cosa. Cuenta lo que hacemos... y lo que pensamos y sentimos, en la medida en que nuestros actos lo reflejan. Cuenta lo que sembramos.
"El sembrador de ortigas no cosechará manzanas", es un proverbio celta que aprendí de Andras Corban-Arthen en una de las más interesantes y provechosas lecciones que he recibido nunca. La vida no es justa, ni tiene por qué serlo, porque no funciona en los términos que nuestra mente, nuestra categorial, racional, simbólica mente está preparada para entender. Pero la vida es consecuente, porque la vida es consecuencia. Aprendes o sucumbes. Lo que no aporta, al menos no debe estorbar, o se quedará por el camino. La planta que no da fruto, no se perpetuará. Y el fruto venenoso se pudrirá en la rama.
La vida y la historia no siguen los patrones que nuestra mente intenta aplicarles, y desbaratarán cualquier intento de imponerles un sentido o un control. No responden a nuestro concepto humano de "justicia". No saben de moralejas, ni de finales felices. Pero tienen sus propias reglas, y si hay algo que se asemeja a lo que conocemos como Destino, es que los seres responden a su naturaleza. Y de la semilla de una especie, no nace otro fruto.
Todos los intentos de ocultación, todas las metáforas, todas las máscaras, todos los trucos, todo el humo y los espejismos, pueden hacer que algo parezca otra cosa, pero no pueden hacer que algo sea otra cosa. Y al final, eso es lo que cuenta. Si queremos cambiar algo, debemos empezar por esa semilla, y cualquier esfuerzo que esté destinado a las ramas, las hojas o las flores, no es más que cosmética.
Es tentador, eso sí, porque es más fácil pintar de rojo las blancas rosas del rosal, que arrancar el arbusto de lo que no deseamos y volver a plantar desde el principio. Pero siempre será inútil.
Y esto, amigos míos, no es karma. Es lógica.
domingo, 2 de febrero de 2014
Una vuelta de llave
¿Que es un principio? ¿Cuándo comienza realmente algo?
Antes de que adelantases el pie dando un primer paso, aquél primer paso, algo en tu cabeza tuvo que encajar para que decidieses empezar a caminar. Antes de que tu voluntad iniciase el camino, tuvo que nacer el impulso de andar, y antes incluso de eso tuviste que percatarte de que existía un camino... o quizá no. Quizá algún día descubriste que estabas en ruta, en un viaje fascinante y arriesgado, y no sólo cuando miras hacia adelante no parece haber ninguna meta a la vista, sino que tampoco puedes recordar en qué momento abandonaste la carretera o caíste rodando por el terraplén.
He cruzado muchos umbrales en mi vida, no dudo de que aún me quedan muchos por atravesar. No todos los he escogido, y algunos de ellos, incluso, traté de negar que existieran. A veces les puse una cadena de excusas, busqué el candado mental más grande que pude, y lo cerré con tres vueltas de llave. Pero cuando se alcanza el umbral, hasta cuando apenas se atisba el otro lado, esa imagen no se olvida. Y un buen día uno se acerca a esa puerta cerrada, cubierta de telarañas, y reconoce en el polvo sus propias huellas. Y se da cuenta de que, a pesar de la herrumbre que recubre los eslabones, el cerrojo está intacto, y descubre que siempre llevó consigo la llave. Y, con una mezcla de nostalgia y expectación, la introduce en la cerradura.
Y esa primera vuelta de llave... quizá eso sea un principio.
Antes de que adelantases el pie dando un primer paso, aquél primer paso, algo en tu cabeza tuvo que encajar para que decidieses empezar a caminar. Antes de que tu voluntad iniciase el camino, tuvo que nacer el impulso de andar, y antes incluso de eso tuviste que percatarte de que existía un camino... o quizá no. Quizá algún día descubriste que estabas en ruta, en un viaje fascinante y arriesgado, y no sólo cuando miras hacia adelante no parece haber ninguna meta a la vista, sino que tampoco puedes recordar en qué momento abandonaste la carretera o caíste rodando por el terraplén.
He cruzado muchos umbrales en mi vida, no dudo de que aún me quedan muchos por atravesar. No todos los he escogido, y algunos de ellos, incluso, traté de negar que existieran. A veces les puse una cadena de excusas, busqué el candado mental más grande que pude, y lo cerré con tres vueltas de llave. Pero cuando se alcanza el umbral, hasta cuando apenas se atisba el otro lado, esa imagen no se olvida. Y un buen día uno se acerca a esa puerta cerrada, cubierta de telarañas, y reconoce en el polvo sus propias huellas. Y se da cuenta de que, a pesar de la herrumbre que recubre los eslabones, el cerrojo está intacto, y descubre que siempre llevó consigo la llave. Y, con una mezcla de nostalgia y expectación, la introduce en la cerradura.
Y esa primera vuelta de llave... quizá eso sea un principio.
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